Capitulo I
La voz de Evangeline
Al bajar del coche el corazón se me aceleró. Palpitaba. Palpitaba con mucha fuerza. Puse mi mano sobre el pecho. Tranquilízate Evan. Entonces fue el estómago quien me la jugó. Nauseas. Tenía ganas de devolver. Desplacé hasta mi barriga la mano que sin éxito había intentado calmar las fuertes palpitaciones. Apreté. Tranquilízate Evan. Me agaché y sentí como los ardientes ácidos estomacales subían a la fuerza por mi esófago. Abrí la boca y expulsé de mi cuerpo el maloliente y abrasivo líquido en que se había convertido mi desayuno. No debería haber comido nada. Sabía que pasaría esto. De nuevo sentí como el esófago se dilataba violentamente y escupí la segunda tanda de pasta de tortitas. Definitivamente no debería haber desayunado las condenadas tortitas.
- ¡Evangeline! ¿Estás bien? – noté sobre mi hombro la mano de Dora, la asistenta social -. Ten, coge mi pañuelo – lo cogí y me limpie los restos que habían quedado en mi boca. Fragancia de fresa. Qué asco. ¡El jodido pañuelo olía a fresa! Se lo devolví tal cual y ella lo envolvió con una sonrisa en la cara, intentaba disimular el asco que le daba tocar un pañuelo vomitado.
- Vamos bonita, levanta. ¿Ya estás mejor verdad? – no. No estoy mejor. Maldita zorra. Te dije que no quería volver a este lugar. Zorra. Eso es lo que pensaba de ella y lo que me habría gustado decirle. Sin embargo:
- Estoy bien, gracias por el pañuelo Dora – esa zorra me había ayudado mucho. No podía ser grosera con ella.
- Sabes que lo hago por ti cariño. Estás acusada de homicidio – mi cara se desfiguró. Rabia. Rabia. Rabia. Le partiría la cara a esta guarra sabelotodo -. Lo sé, lo sé. No fuiste tú. Pero debes explicarle al juez que es lo que ocurrió en esta casa y la mejor manera es que la veas y recuerdes poco a poco esa noche.
- Ya he dicho que no me acuerdo de nada - ¡Ja! Lo recuerdo todo. Todo. Cada insignificante detalle de aquel maldito día. Los llantos. El miedo. La sangre. ¡Oh sí! La jodida sangre que lo salpicaba todo ¡Todo! El suelo, las paredes, el techo, mi vestido azul -. Tengo amnesia.
- Evangeline… - la estúpida suspiró. Qué rabia. Me trata como a un caso perdido -. Los médicos aseguran que no sufres ninguna clase de trastorno de la memoria – la miré desafiante. Atrévete a llamarme mentirosa y te parto la cara -. Así que no me estás contando toda la verdad, ocultas cosas - ¡Ja! Delicada forma de llamarme embustera -. Evangeline, de veras que quiero ayudarte. He trabajado en más casos como este -. Lo dudo zorra. No sabes a que te enfrentas. Ni siquiera yo lo sé -. Eres menor de edad y eso te ha salvado de ir a la cárcel, de momento. Si en el juicio se te declara culpable te puede caer la perpetua.
- No recuerdo nada – no. No. No. Si te cuento lo que vi… ¡Ja! Directa al manicomio. ¿Acaso me creerías? ¿Me creería un puto juez? ¿Me creería un puto jurado? Quiero gritar. ¿Qué va a ser de mí? Sí, debería preguntar donde se come mejor ¿manicomio o cárcel? Al fin y al cabo puedo elegir uno u otro. Aunque por muy bien que se comiese, las camisas de fuerza de los loqueros me han dado siempre muy mal rollo, así que:
- De veras, no recuerdo nada. Ni lo recordaré por mucho que entremos en la casa. Vámonos – me quedo con la cárcel. Sí, no cabe duda, la cárcel es mejor. Los trajes a rallas me quedan bien y quizás pueda apuntarme a algún cursillo de dibujo y pintura para presos. Cuando mi vida era normal solía dibujar retratos de mis padres y hermanos, se me daba bien. Llegué a ganar algún concurso en la escuela. No. No. No. Olvídate de ellos. Están muertos. Olvídate de tu antigua vida Evan. Ya no existe.
Los ojos empezaron a humedecérseme. No llores ahora tonta. Cogí aire con fuerza para controlar mis impulsos. Demasiado tarde. El labio me temblaba sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Y mis lagrimales comenzaron a fabricar enromes lágrimas que se deslizaban por mis mejillas dejando un camino mojado detrás suyo. Algunas alcanzaron mi boca y noté el sabor salado. Otras caían desde mi barbilla hasta el suelo y ¡Plaf! Desaparecían. ¿Lo ves Evangelines? Si piensas en ellos pasa lo que pasa. No puedo evitarlo. Ahora qué más dará. Ya es demasiado tarde, desahógate Evan. Empecé a sollozar desesperada cubriendo mis ojos. La cálida mano de Dora se posó sobre mi hombro y me dio unas palmaditas cariñosas.
- ¿Por qué? – desde que todo había ocurrido no paraba de preguntarme eso. ¿Por qué mi familia? ¿Por qué mi casa? - ¿Por qué? – repetí sollozando. Abracé con fuerza a Dora y ella me devolvió el abrazo. Dora me apreciaba. Había sido la única que me había tratado con cariño desde que fui acusada de homicida. Perdóname Dora. Perdona por haberte llamado zorra. Perdona por haberte insultado. Abrázame por favor.
Lloré y lloré y lloré. Esta es la última vez. La última. No volveré a llorar. Lo prometo.
- Evangeline… sé fuerte y entremos – Dora dejó de abrazarme y cogiéndome de los hombros repitió:
- Sé fuerte. Entremos – dudé unos segundos. Maldita sea. ¿Entro? Sí, debo entrar, Dora tiene razón. Sé fuerte Evan, tranquilízate. Asentí con la cabeza mientras me secaba las últimas lágrimas con la manga de mi jersey.
Miré con decisión la casa que se alzaba frente a mí. Mi casa. La casa de mi familia. Ya no tenía el aspecto de cuando vivíamos felizmente en ella. Había cambiado. Transmitía un fuerte sentimiento de angustia y dolor, ahora era una construcción sin vida. ¿Era yo la única que sentía todo eso al verla? Miré a la asistenta social que estaba a mi lado. Había cogido mi mano con fuerza y observaba la que había sido mi casa con expresión de rechazo. Sin duda yo no era la única que sentía que aquel lugar escondía algo perverso. ¿Seguiría Él allí? O mejor debería decir: ¿Seguiría Eso allí? Eso o Él, qué más da como lo llame. Fuese lo que fuese, acabó con mi familia. Acabó con mi vida.
Avancé hacía la puerta con paso lento pero decidido. Agarré el pomo de la puerta. ¡Vamos! Sé fuerte. Giré mi muñeca y empujé. La puerta se abrió chirriante. Dora y yo entramos. ¡Joder! ¡Lo noto! ¡Sigue aquí! Joder, joder, joder. ¡Dora!
- ¡¡¡¡¡¡Dora!!!!!
_________________
